¿Qué hace una persona cuando logra enfrentar un problema en poco tiempo y otras no? ¿O que ante una tragedia algunos individuos lo afronten y sean capaces de levantarse y seguir adelante?

Existen muchos factores que contribuyen a inclinar la balanza hacia el lado positivo, entre estos, la resiliencia.

¿Ser resiliente? Según la Real Academia Española (RAE) la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

Cuando entramos en el terreno de la Psicología, la resiliencia es adaptarse a una situación adversa, afrontar la circunstancia y sacar algo de la contrariedad. En otras palabras, “es esa capacidad que tienen las personas de afrontar el estrés prolongado e intenso sin que les afecte de forma negativa e incluso les lleve a crecer como individuos”

Se indica que las personas resilientes tienen una serie de características. Para empezar, disponen de más estrategias de afrontamiento de tipo cognitivo y conductual, también tienen otras estrategias de regulación emocional, lo que provoca que transformen el malestar que genera el estrés de forma más constructiva.

Para continuar, se rinden menos ante los estresores y les hacen frente con tácticas más elaboradas. “Por ejemplo, en vez de reaccionar de forma automática ante una situación, ya sea tendiendo a que todo sea una catástrofe, o rumiando, aceptan el estrés y se focalizan en lo positivo de la situación No ven el estrés como algo incapacitante, sino como un desafío”.

¿Qué hacen en esas situaciones las personas resilientes? “Viven las emociones desagradables de forma natural. No es que siempre estén alegres ni que le sonrían a todo y, por tanto, gracias a esa alegría constante, que casi es patológica, puedan con todo. Experimentan las cosas como vienen, las aceptan y transforman de manera constructiva.

¿Todo es positivo?

La resiliencia es importante, pero con matices. No podemos vivir en una sociedad en la que tengamos que adaptarnos a todo. Además, tampoco podemos utilizar la resiliencia como una acusación, es decir, cada vez es más habitual que en los trabajos la carga laboral sea tan alta que los trabajadores no cumplan con esas expectativas elevadas y, en lugar de analizar si tiene demasiadas tareas, decimos que esa persona no es lo suficiente resiliente.

A simple vista la resiliencia parece una capacidad positiva, pero si intentamos ubicarla en la sociedad actual, cada vez más individualista y donde el paradigma social y laboral clama por hacer a las personas cada día más resilientes para adaptarse al estrés del mundo en el que vivimos, cabe preguntarse si tiene tantas ventajas formar a las personas en este ámbito.

Claves para mejorar la resiliencia

La resiliencia se puede entrenar. Para conseguirlo, existen tres pautas que habría que trabajar:

  1. Experimentar las emociones desagradables y/o negativas de manera natural: Si no queremos tenerlas, las intentamos suprimir o negar provocamos un efecto rebote. “Es similar a cuando una persona dice: me quiero dormir que mañana tengo que madrugar y no se duerme”.
  • Aprender de esas emociones: Al sentir esas emociones y ocasiones estresantes hay que buscar qué nos pueden enseñar, cómo podemos neutralizarlas hasta descubrir algo positivo. “Si perdemos un trabajo que nos gusta mucho, en lugar de recrearnos en la pérdida hay que mirar las dos caras de la moneda y pensar en la suerte que tuvimos de trabajar ahí, lo que aprendimos y lo que podremos aportar al siguiente puesto”, aconseja.
  • Buscar el lado ético: Tras reinterpretar la situación de forma positiva viene el último paso para trabajar la resiliencia: darle un aspecto ético, es decir, buscar una solución que fomente la colaboración. “Las personas resilientes siempre aportan un aspecto ético a sus conductas. Son personas un poco más morales, ya que tras haber sufrido empatizan más con los que se encuentran en esa situación”.

Colaboró Monserrat Mora

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